«Pasión por la lectura»

(Antevíspera del Día Internacional del Libro y del Autor)

«De chico era muy mentiroso y hacía literatura oral con los amigos: cuentos de casas hechizadas, [y de] gente que no existía y yo contaba que había visto —rememora el famoso escritor uruguayo Juan Carlos Onetti—….

»Recuerdo que cuando era niño me escondía en uno de esos armarios que ya no se ven por el mundo, esos armarios enormes que cubrían toda una pared y que casi siempre estaban llenos de trastos. Bueno, pues yo me escondía adentro con un gato y un libro. Dejaba la puerta entreabierta para poder ver, y allí permanecía durante horas. Y esta pasión por la lectura fue incrementada por el descubrimiento de un pariente lejano, y también lejano por la distancia. Había llegado a mis oídos que este hombre tenía la colección completa de las aventuras de Fantomas. Entonces yo me tenía que hacer cinco kilómetros a pie para conseguir que me prestara un tomo en cada visita….

»Yo “me hacía la rabona”, como se dice en Montevideo —“hacerse la rata” se dice en Buenos Aires—, y me encerraba en el Museo Pedagógico, que tenía una iluminación pésima, y me tragué todas las obras de Julio Verne. Todo. Me acuerdo que eran unos libracos de tapas rojas. Claro, mi familia creía que yo estaba en la escuela o en el liceo….»1

Menos mal que el amor que sentía Onetti por los libros lo acompañó hasta el día de su muerte en 1994, que ocurrió un mes antes de cumplir ochenta y cinco años, y sólo un año después de publicar su última novela. A ese amor se debe que no dejara de escribir cuentos y novelas en cada una de las cinco décadas a partir de 1933, cuando se publicó su primer cuento en La Prensa de Buenos Aires como uno de los ganadores de un concurso convocado por ese diario.2

Pero ¿a qué se debe la «pasión por la lectura», a la que se refiere Onetti, que lo llevó a ser leído a su vez por tantas personas? Esa inclinación se debe a haber sido creado a imagen y semejanza de Dios.3 Es que desde los primeros cinco tomos de historia de la humanidad, es decir, los cinco libros de Moisés llamados la Torá, Dios siempre quiso que su pueblo los conociera mediante la lectura pública. Sólo que, a diferencia de Onetti, que «hacía literatura oral» con sus amigos de la infancia contándoles cuentos de personas que no existían sino que él las inventaba y daba a entender que conocía, el maestro Esdras leía en voz alta al pueblo acerca de sus antepasados que sí existieron y que Dios quería que ellos conocieran precisamente a través de esa lectura.4

Así como Onetti se apasionó aún más por la lectura luego de descubrir que estaban a su alcance las aventuras de Fantomas y de hacer largos trayectos a pie para poder leerlas, el pueblo de Israel lloró de emoción luego de descubrir que estaba a su alcance la Historia Sagrada y de escucharla, de pie con suma reverencia largas horas, a fin de aprovecharla. Quiera Dios que cada uno de nosotros no sólo nos esforcemos por leer lo que nos apasiona, al igual que Onetti, sino más aún, que lo que más nos apasione leer sea la Palabra de Dios, de modo que, al igual que el pueblo de Israel en aquella ocasión, nos llene de emoción el poder aprovechar esa lectura sagrada.5

Carlos Rey
Un Mensaje a la Conciencia
www.conciencia.net


1Teresita Mauro, «Conversaciones de Onetti», A propósito de Juan Carlos Onetti y su obra (Bogotá: Editorial Norma, 1992), pp. 16-17 («Por culpa de Fantomas» y «Las fuentes de la nostalgia y la angustia»), publicado originalmente en «Juan Carlos Onetti: Una escritura afirmativa del hombre», Revista Anthropos 2 (Nueva edición), España, 1990).
2Wikipedia, s.v. «Juan Carlos Onetti» <https://es.wikipedia.org/wiki/Juan_Carlos_Onetti» En línea 8 octubre 2016.
3Gn 1:26-27
4Neh 8:1-12
5Ibíd.

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