«Sal que castiga el paladar»

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Imagen por Tycho’s Nose

(Día de la Mujer Hondureña)

«—Guabrir el portón para quentren un pencaso de carretadas de sal [—le dije un día a tía Pulque, la Bachillera—]….

»Esa tarde me ocupé de proponer en venta, en los puestos del mercado de Dolores y varias pulperías cercanas, sal por quintales y por arrobas.

»—¡Sal legítima! —les gritaba—. ¡Sal más blanca que la mera nieve y más salada que el mismo mar!

»Recorrí infructuosamente lugar por lugar anunciando a gritos la sazonadora de alimentos, y le traje a tía Maclovia la triste noticia de que decían los compradores que “esa sal blanca era del tipo flojo que no endulza para nada”. (Algunas personas del pueblo emplean el vocablo “endulzar” en [vez] de “salar”.) Necesitamos sal morena [—decían—], sal hondureña de la que castiga el paladar.

»… Todos creíamos que [tía Maclovia] iba a enfermar, tan acongojada como se encontraba….

»—Y lo peor del caso es que para comprar esa maldita sal tuve que [pedirle el dinero] prestado a don Próspero Inestroza —gruñó… retorciéndose los dedos y poniendo cara de Magdalena—. De esta vez —terminó sentenciando— ¡vamos a quedar en la calle!

»—¡Paciencia, inocente hermana mía! Dejadme meditar —[le dijo] la Bachillera, con su peculiar manera de expresarse—. Yo resolveré el problema del cloruro de sodio a nuestra entera satisfacción….

»Deshagáis 40 adobes que pesan aproximadamente dos mil libras, las que a la vez representan la cuarta parte de las ocho mil libras de cloruro de sodio que compró esta idiota de mi hermana. Ahora —prosiguió— con paciencia y esmero le sacaréis a cada saco de cien libras de sal, la cuarta parte de su contenido, y la substituiréis por veinticinco libras de tierra cernida, la cual —oídlo bien— ha de quedar perfectamente mezclada con la sal. Así conseguiremos dos objetivos —aquí sonrió maliciosamente a la vez que hacía sonar sus apestosas placas—: darle verdadera hondureñidad a la sal y aumentar en un veinticinco por ciento la ganancia. Este trabajo —sentenció— os tomará un par de días, y procurad, sobre todas las cosas, que nadie se entere de esta sucia, pero inteligente, faena.

»Un viernes terminamos de hondureñizar la sal, y el próximo no quedaba ni una sola libra para el gasto.

»El feliz desenlace del negocio de la sal fue celebrado en casa de las Zanatas con una opípara cena….»

»—¡Qué suerte que Dios nos haya premiado con una hermana tan inteligente como Pulqueria! —[dijo] con cariñosa voz la esposa de Verdugo, a la vez que nos levantábamos de la mesa….»1

Así describe el escritor hondureño Marco Antonio Rosa, en su obra autóctona titulada Mis tías «las Zanatas», otra ocurrencia de su tía Pulque, la Bachillera. ¿Será posible que Dios apruebe una «sucia faena» con tal que sea inteligente? ¿Perdona Él una mala jugada por ser astuta? Si bien es Dios a quien le debemos nuestra inteligencia, Él no aprueba que la usemos con engaño. Por eso nos advierte el apóstol Pablo: «¡No se engañen a ustedes mismos! Si alguno cree que es muy sabio, y que sabe mucho… “Dios hace que los sabios caigan en sus propias trampas”. Por lo tanto, nadie se llene de orgullo…»2

Carlos Rey
Un Mensaje a la Conciencia
www.conciencia.net


1Marco Antonio Rosa, Mis tías «las Zanatas», 10a. ed., corregida y aumentada (Tegucigalpa: Graficentro Editores, 2015), pp. 16-21.
21Co 3:18-21 (TLA)

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