«¿Por qué permite Dios que pasen cosas tan abominables?»

«Gustavo, mi querido Gustavo… ¡qué cosas tan tristes y desgarradoras han pasado desde que no estás tú…!

»Escribo esto para ti, con el corazón enlutado, presa de una tristeza angustiosa, inmensa, indecible,… y quiero que sepas todo, todo lo que ella me dejó dicho para ti.

»He llorado y sufrido tanto, Gustavo, que secos, casi sin lágrimas, están mis ojos, y mi corazón marchito…

»¡Ay, Dios mío! ¡Ay, nuestra Blanca, nuestra adorada Blanca para siempre ida… a quien tanto amamos y que tanto nos amó! ¡Cómo me duele el corazón al acordarme de mi inolvidable amiga!…

»Con fiebre, y ya gravemente enferma, [Blanca] llegó a casa de su aya, la viejita Mauricia, que tú conoces. El doctor Gámez fue a verla y a prestarle sus servicios como médico y como amigo….

»El pesar que le causó tu separación, los ultrajes recibidos y el aire frío y húmedo que azotó su rostro después de haber sufrido y llorado tanto, agravaron a Blanca….

»[Su] estado… empeoraba cada vez más…. El doctor Gámez no ocultaba su desespera­ción, viendo que las medicinas no hacían el efecto [deseado] y que ella se agravaba de manera alarmante.

»Un día la encontré más triste que nunca; había llorado mucho…. La estreché [entre] mis brazos largamente y… lloré con llanto inconsolable…

»“¡Cuán desgraciada soy! —me dijo—. Aun en mi soledad me persigue la calumnia… ¡Al borde del sepulcro, soy mancillada!…

»… ”¡Ah, Gustavo [—exclamó Blanca—], si supieras has­ta dónde han perseguido y lastimado a la que no tiene más crimen que amarte, que haberse conservado pura entre tanta inmundicia…! … He preferido el sacrificio de mi vida al de mi honor;… porque antes que el vicio dorado he querido la pobreza humilde, pura, consagrada a mi amor, a mi corazón y a mi conciencia; a ti, Gustavo… ¡Oh, religión…! ¡Oh, justicia…! ¡Oh, caridad…! Y el Cristo,… ese Cristo que ensalzan como modelo de caridad y de justicia, ¿por qué permite que pasen cosas tan abominables en este mundo? ¿Por qué deja que muera mancillada la inocencia y que viva, triunfante, la maldad…? ¡Oh, misterio, impenetrable misterio…! ¡Oh, caos, profundo caos!…”

»Y como si ella misma sintiera ese caos que invocaba, dobló su cabeza y cerró los ojos.»1

Con esta carta que lee Gustavo, escrita por su prima, termina el trágico romance entre Blanca y Gustavo creado por la novelista hondureña Lucila Gamero de Medina en su obra clásica titulada Blanca Olmedo. Pero ya que, al parecer, las interrogaciones retóricas de Blanca Olmedo al final de su vida reflejan una válida inquietud personal de la autora misma,2 con mayor razón merecen respuesta. ¿Por qué permite Cristo que pasen cosas tan abominables en este mundo? Porque si hubiera decidido no permitir que tales cosas pasen, habría tenido que crearnos sin la libertad de tomar decisiones propias, tanto las que nos ocasionaran la mayor dicha como las que nos causaran la más dura pena.

Carlos Rey
Un Mensaje a la Conciencia
www.conciencia.net


1Lucila Gamero de Medina, Blanca Olmedo (Tegucigalpa: Editorial Guaymuras, 2008), pp. 326-29.
2Ibíd., Prólogo, pp. 9,16. Según lo que escribió la autora en su Autobiografía en 1949 y en una página previa al inicio de la novela misma, podemos deducir que Blanca Olmedo contiene un marcado elemento autobiográfico, hasta en lo que atañe a sus inquietudes de carácter religioso.

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